Una de las formas más progresivas de ir deshaciéndonos de los objetos que “nos molestan”, emprendiendo así el camino hacia el minimalismo personal es el “hábito” de desprendernos de un objeto cada día. Puede ser un simple bolígrafo de esos que te dan de publicidad en un stand y que sabes que no vas a utilizar. Puede ser ese paraguas viejo, con una varilla rota, que “te da pena” tirar pero que no usas jamás porque prefieres tu ultraligero paraguas plegable de aluminio.
Pienso que en todas las casas hay cosas que no se utilizan y que tranquilamente podríamos tirar. La mayor parte de las veces, esas cosas están ahí y se acumulan porque pensamos que para hacer una selección adecuada necesitamos mucho tiempo. Pero con este gran hábito, “Uno al Día”, solo tienes que asegurarte de que cada día un objeto sale de tu casa… para no volver a entrar nunca. Y de esta forma, al final del año, habrás eliminado 365 objetos, dedicando tan solo un minuto al día: el minuto de pensar qué voy a elegir para sacar de mi casa, y hacerlo.
Mi primer Uno al Día
Por supuesto: os voy a enseñar mi primer “uno al día”. Sucedió exactamente el Martes 12 de Abril, un día cualquiera de un mes cualquiera. Decidí comenzar este nuevo hábito y tenía claro que iba a ser simbólico, así que quería desprenderme de algo “importante”.
Si hay algo de lo que tengo demasiado, que me cuesta dejar de comprar y que no utilizo son los zapatos. Dicen que a algunas mujeres les da por los bolsos y otras mujeres les da por los zapatos; pues bien; yo soy el segundo caso. Tengo alrededor de veinte pares de zapatos, pero no sé muy bien por qué, la mayoría de las veces termino poniéndome mis comodísimas twins negras de camper. Así que mi primer “uno al día” fueron dos pares de zapatos.

Tal y como se aprecia en la foto, estaban practicamente nuevos: dos pares de bailarinas, en charol, rojas y moradas. En cada reordenación que hacía de mi estantería de zapatos, pensaba “estos nunca me los pongo”, “a ver si me los pongo más”, “quizá si me comprara una camiseta morada”, “es que no tengo un bolso rojo”. ¿Véis lo que estaba sucediendo? Esos dos pares de zapatos, no solo me hacían autoengañarme pensando que “esta vez seguro que me los voy a poner”; sino que de alguna forma me invitaban a comprarme otros objetos, me hacían inclinarme a consumir más.
La realidad es que nunca me voy a poner esos zapatos, porque si de verdad quisiera ponérmelos, lo habría hecho. No tendría que recordarme que “tengo que usarlos más”. Como decía más arriba, con mis viejos camper no me sucede eso: cada vez que salgo de casa voy al armario y directamente mis ojos los buscan. Son cómodos, combinan con todo, y me gustan. Ése es el tipo de objeto que quiero en mi vida minimalista.
Antes de meter los zapatos en una bolsa de plástico, me los puse para probármelos por última vez. Craso error. En ese momento una pequeña vocecita vino a mi mente y me dijo “pero si te quedan fenomenal, cómo los vas a tirar”. Pero ya sabía que eso iba a pasar y que tendría que sobreponerme, así que me quité los zapatos, los metí en una bolsa de plástico y los llevé al contenedor de donación de ropa y zapatos que hay en mi calle. Y después de meterlos pensé: soy dos pares de zapatos más libre.
En el post de mañana: Tirar es la última opción

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