Aunque he incorporado a mi vida eso de “Uno al Día”, al principio del camino al minimalismo tienes que hacer unas cuantas jornadas de selección y clasificación de cosas; o tardarías años en deshacerte de todo aquello que no utilizas (y en recuperar tu libertad, que es en definitiva de lo que se trata en mi caso).
Como yo trabajo 40 horas a la semana y además tengo obligaciones variadas (como hacer deporte o pasar tiempo con mis amigos y mi familia) los Opus Minimalistas tienen lugar durante algún momento del fin de semana. El proceso que sigo es el siguiente: me centro en una habitación cada vez y armada con 4 contenedores blancos de Ikea, cada uno lo destino para una cosa: vender, regalar, donar o reciclar. De esa forma, las cosas que no necesito salen de su espacio habitual (donde molestaban y no deben estar) y quedan almacenadas en los contenedores.
(Honestamente sueño con el momento en que pueda tirar los propios contenedores porque me parecen terriblemente feos, pero hasta que no haya clasificado todo lo demás, están siendo infinitamente útiles!)
El siguiente paso es sacarlas de los contenedores para su destino final, pero obviamente, eso no pasa en el mismo día; sino que puedes tardar una cantidad de tiempo variable en vender tus cosas, en encontrarte con la persona a la que se lo quieres regalar o en tener tiempo para ir a la ONG donde lo vas a donar.
Mi primer Opus Minimalista
Una vez explicado el proceso, os cuento mi primer Opus Miminalista. Decidí empezar por el dormitorio, porque ahí es donde tengo toda la ropa, zapatos y complementos. Es increíble lo abarrotado que estaba mi armario antes de empezar y el gran cambio que se aprecia al terminar de sacar todas las cosas que no utilizo.
Igual que me sucedió con los zapatos de mi primer “Uno al Día”, efectivamente sentí el impulso de no deshacerme de algunas prendas, pensando que quizá a partir de ahora las voy a utilizar. Pero no es tan difícil identificar lo que realmente tengo que conservar. Si dudo, probablemente es que no es una prenda de uso rotundo, por tanto, tiene que salir de mi vida.
Como curiosidad os diré que tiré 3 faldas vaqueras que eran muy parecidas entre ellas, algunas camisetas que tendrían 10 años y bañadores que ya no me podría poner (a no ser que diéramos marcha atrás al tiempo!). Aproximadamente 10 pañuelos y bufandas que nunca me pongo fueron descartados y me deshice también de seis bolsos. Una americana viejísima, camisas que tampoco me pongo, incluso ropa interior y unos ocho pares de zapatos. Ante la duda: al cubo de donación.
Todas esas cosas que no utilizo y que no quiero que estén más en mi vida ya están en sus respectivos contenedores, listas para desaparecer.
La mayoría de cosas han sido esta vez para “donar”, porque es complicado que la ropa y los zapatos sirvan a otras personas de mi alrededor (y desafortunadamente mi familia está en otra provincia, así que tendría que guardarlo hasta la siguiente visita!)
Espero que realmente todas estas cosas ayuden a alguien, porque he descubierto que si la finalidad es solidaria, ¡de verdad que cuesta menos liberarse de las cosas!
En el próximo post: Libros, libros y más libros.

Pingback: Los minimalistas también van de compras | Vida Minimalista