El post que traigo hoy bajo el brazo me arranca una sonrisa importante. Y es que he ganado una batalla de las grandes: con los propietarios del piso donde vivo. En enero de 2011 mi chico y yo alquilamos un piso de unos 60 metros cuadrados, completamente amueblado. Al poco tiempo de vivir allí, me dí cuenta de que ese “completamente amueblado” era en realidad “demasiado amueblado”.
Había dos lámparas gigantes (sin exagerar medirían un metro de alto) que con sus tulipas enormes robaban mi espacio en el salón. Había decenas de tazas y platos en los armarios de la cocina que evidentemente, metí en cajas porque prefiero usar mis propios cacharros para comer. Un montón de cuadros en las paredes.
Ahora me gusta más mi casa...
Cuando llamé por primera vez a los propietarios, su reacción fue de resistencia al cambio. A pocas personas les gustan los cambios y solemos oponernos a ellos. Lo bueno es que como ya me lo esperaba, negocié con ellos y quedé en llamarles en un mes más, para que se lo pensaran tranquilamente. Al mes llamé y su resistencia era menor. Hasta que a la tercera llamada cedieron y me dijeron que estaban de acuerdo en recoger todas esas cosas de mi casa.
Ahora mi salón respira un poco más. Parece más grande y yo estoy más contenta. Aunque resulte extraño, las cosas que te rodean (el número, los colores, las formas, su posición) influyen en el estado de animo que tú sientes.



Estoy en pleno proceso de deshacerme de la gran mayoría de mis libros. Son más de cien ejemplares que ya no me gusta ver en mi casa. Me he dado cuenta, por fin, de que el libro no es la historia que está escrita dentro: el libro es un soporte de papel que utilizamos para transmitir la historia. Por sí solo, un libro no tiene valor; si la historia que lleva dentro no te ha gustado o no te ha cambiado la vida, probablemente sea un objeto sin significado.

