Cómo y por qué no tengo televisión

Sé que deshacerse de la televisión es un paso importante en el camino hacia el minimalismo. Yo siempre bromeo diciendo que creo que soy la primera persona del mundo desarrollado que renunció a vivir sin ella. Sin embargo, son pocos los que conocen toda la historia. Y si algo bueno tiene estar escribiendo un blog, es que puedes contar todas las historias que tú quieras… ignorando las miradas extrañadas de tu prójimo (aunque he de confesar que a mí, hasta cierto punto me divierten).

Allá por el año 2003 decidí marcharme de mi originaria Asturias para terminar mi carrera universitaria en Valencia. Crucé el mapa de España con apenas 21 años y alquilé un piso que compartí con otras 3 personas más. No tenía mucho dinero, así que me conformé con los muebles que había en aquella casa un tanto destartalada. Por supuesto, no había televisión.

Al principio, la echaba de menos. Yo solía desayunar viendo la televisión, la encendía al llegar a casa para que eseruido de fondo me hiciera compañía, y la veía un rato después de cenar. Pero la escasez de recursos es tajante, y el dinero que yo tení debía ser dedicado a necesidades básicas, como pagar el alquiler de mi habitación o alimentarme (pasta y arroz, arroz y pasta…).

Tras dos años de Universidad, terminé la carrera. Encontré un trabajo. Me pagaban poco, pero era más de lo que tenía siendo estudiante. Yo quería viajar, quería recorrer paises. Así que mi dinero lo destinaba a billetes de tren, bed and breakfast y las necesidades básicas que mencionábamos antes.

Decidí venir a Madrid. Busqué otro piso compartido. De nuevo, no tenía televisión. Quizá podía habermela permitido, pero ya llevaba tres años sin ella. No la echaba de menos porque tenía otras rutinas, como leer, escribir, hablar. Os sorprenderíais de la cantidad de familias que no habla porque están demasiado “ocupados” viendo la tele.

En total, ya son ocho años sin televisión, los mismos que llevo fuera de casa de mis padres. Para mí es normal no tener televisión y mi chico afortunadamente piensa como yo. No conocemos ninguno de los programas que hay actualmente en las cadenas, y tampoco conozco los nombres de los presentadores. Confundo a las personas que son famosas. Pero en lo más importante, soy igual de feliz y de completa que una persona que tiene tele.

televisión y minimalismo

Fuera mitos:

– Estoy tan informada o más que las personas que sí ven la tele. Leo el periódico todos los días y escucho la radio. Además discuto con mi chico las noticias más relevantes de la actualidad. Contrastamos las que más nos interesan acudiendo a internet. Estoy informada, sé lo que pasa en el mundo. Así que desenchúfate de la tele sin preocuparte: te prometo que las malas noticias llegan a todas partes y las buenas, las buscarás tú sólo.

– No necesito el ruido de la tele para que me haga compañía al llegar a casa. El silencio me hace compañía de una forma fantástica. Piénsalo: ¿cuantas veces escuchas solo silencio a tu alrededor? El ruido de la calle, el ruido de tu trabajo, el ruido del supermercado, el ruido del transporte público. Un poco de silencio, para escucharnos a nosotros mismos, no nos vendría nada mal.

– No tengo televisión, pero veo mucho más cine que la media española. Lo bueno es que hoy en día no necesitas una televisón para ver cine: puedes alquilar un dvd en la biblioteca, ver todo el material que hay online o mejor todavía: ir a casa de un amigo a la hora exacta a la que empieza la peli para verla con él. Eso sí será televisión de calidad, porque te proporciona tiempo junto a un ser humano significativo para ti.

-Ver la televisión cuesta dinero. ¿O qué pensabas? Tienes que comprar una tele, pagarla (a plazos? intereses?) limpiarla cada día. Tienes que pagar la electricidad, comprar pilas para el mando… ¿Y la tele por cable? ¿TDT quizá?

– Sacar la televisión de tu vida es un paso importante del minimalismo, pero no es porque se trate de “un objeto menos”. Desafortunadamente, la televisión no sólo ocupa un espacio en tu casa, también llena muchas horas de tu tiempo. Si sólo viéramos cosas interesantes y con sentido para cada uno de nosotros, no pasaría absolutamente nada; el problema es que muchas veces acabamos enganchados a programas que nos aportan bien poco. No me malinterpretéis: como invento la televisión es un objeto fantástico, pero como pasatiempo y viendo el uso actual que le damos, lo considero nefasto. Y eso sin tener en cuenta las sesiones de “electroshock” publicitario que nos proporciona, que activan a ese piloto automático que yo me esfuerzo por apagar llamado consumismo.

Pruébalo. Mete la televisión en una caja y déjala ahí un mes. Te prometo que no te convertirás en un perro verde ni en un cerdo volador; sino en alguien que tiene mejores cosas que hacer que… ver la tele.

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¿E-book?

Cada vez tengo menos libros (bien!). Conservo los manuales que utilicé para estudiar mi carrera, porque fueron libros muy caros y me gustaría dárselos a alguien que les pudiera dar utilidad. A algún estudiante, ya sea autodidacta o no; que le interesen ciertos temas muy concretos. Desaparecerán, sólo estoy a la espera de encontrar a alguien que pueda aprovecharlos.

Por otro lado, sigo conservando también mis guías de viaje. Soy una trotamundos voraz y cuando el viaje es interesante para mi, compro una guía que me dé los conocimientos que necesito para aprovecharlo mejor. Además, durante el viaje, escribo mi propia guía de viaje, normalmente en un cuaderno, contando lo que veo, si me gusta y mis sensaciones. Casi siempre me pasan anécdotas curiosas, así que merece la pena hacerlas constar. Esos libros tienen valor para mí: son una especie de legado que quiero dejar al mundo.

Por último, conservo los libros que todavía no me he leído. Por ejemplo en Navidad, mi familia me regaló varios libros y algunos todavía no los he empezado a leer. Pero ahora sé que cuando los haya terminado, los donaré, regalaré o dejaré en algún lugar de la calle, para que alguien pueda seguir disfrutándolo.

La pregunta es: cuando ya no me queden libros que leer, ¿compraré yo algunos para disfrutarlos? Es una acción con mucho peso, porque ahora entiendo lo que significa comprar. No es solo intercambiar dinero por cosas. Es hacerte responsable de ese objeto, y de cómo te deshaces de él en caso de que sea el destino final.

Pero… a mi me gusta leer y no me imagino una vida sin libros., por mucha vida minimalista que quiera tener. ¿Compro entonces un e-book? Son prácticos porque puedes leer todos los libros que quieras, no pesan mucho, son fácilmente manejables… ¿Tenéis vosotros un e-book? Por lo que he visto no son muy caros y…

¡¡Un momento, un momento!! ¿Seguro que no hay una forma de continuar leyendo libros sin comprar libros o un e-book?

Me doy cuenta que de nuevo, el piloto automático de comprar y consumir está guiando mis decisiones: “si no puedo comprarme libros, entonces me compraré un e-book…”. Comprar. Comprar. Por un momento, se me ha olvidado que existen unos lugares mágicos donde te dejan llevarte un libro a cambio de nada, con condición de que lo devuelvas. Solían llamarse bibliotecas. Desafortunadamente suenan a algo antiguo y obsoleto, pero eso es porque nuestro piloto automático consumista nos hace tener pensamientos como “es mejor si no tienes que ir a la biblioteca” (mentira, con lo que a mí me gusta caminar), “es mejor si no tienes que devolverlo en un plazo determinado” (mentira, eso me obligará a leer más y estoy segura que con los avances de las nuevas tecnologías, hasta se podrán renovar por internet), “es mejor si el libro es tuyo, por si acaso lo pierdes” (mentira, ¿cuándo fue la última vez que perdiste un libro?).

Amigos minimalistas, he encontrado la solución perfecta y he conseguido derrotar al automático ese llamado consumismo. Las bibliotecas de Madrid tienen una flamante clienta más.

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Deshacerte de objetos que sirven para almacenar más objetos

Llevo un poco más de dos meses reduciendo poco a poco mis posesiones. Puedo decir que hoy tengo menos libros, menos ropa, menos zapatos, menos objetos que hace cuando empecé.

Como consecuencia de eso, esta mañana me ha pasado algo absolutamente mágico, que no solo me ha hecho sonreír sino que me ha ayudado a ver mis progresos hacia una vida minimalista. Y es que hoy me he deshecho de un mueble de cajones, cuyo único propósito era guardar cosas. Poco a poco fui vaciándolo, tirando, regalando y donando las cosas que guardaba en él. Y esta mañana me dí cuenta de que el mueble estaba vacío y por tanto, sin uso. Así que lo bajé a la calle, donde había justo dos personas que estaban recogiendo cosas en la basura y se lo llevaron contentísimos.

El mueble estaba impecable, me costó más de 40 euros al comprarlo, tuve que pagar para que la empresa de transporte lo moviera en mi última mudanza, lo he limpiado durante casi dos años. Y esta mañana se lo he entregado a unos desconocidos a cambio de nada. ¿Debería sentirme mal porque he “perdido” en este intercambio? Quizá. Pero lo único que sé es que me siento más libre, y que me gusta cada vez más esto de querer ser minimalista.

minimalismo, despacio

Lenta pero segura... ¡hacia ser más minimalista!

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Uno al día: objetos decorativos

El “uno al día” que traigo hoy es un objeto que compré voluntariamente hace aproximadamente un año, cuando vivíamos en otra casa (cerca de la Puerta del Sol). La casa no tenía apenas muebles y nosotros compramos lo que necesitábamos. Coincidió que el color predominante era el rojo, y por eso me esforcé en encontrar algo de ese mismo color para poner en la mesa de centro que teníamos.

decoracion y minimalismo

Al final, me decidí por el plato que véis en la foto. Creo que me costó cerca de seis euros. La vela la compré en Ikea, igual que el saquito de hojas secas. Más o menos debió andar por doce euros.

Doce euros en un objeto decorativo. En un objeto al que no le voy a dar absolutamente ningún uso, es más: desafortunadamente va a consumir parte de mi tiempo en limpiarlo, porque el polvo se adhería a él todas las semanas. Y yo todas las semanas lo limpiaba. Realmente ese es el uso que le daba: limpiarlo.

El otro día, buscando mi “uno al día” mis ojos se detuvieron en él. No lo uso nunca, porque un objeto decorativo no se usa, sino que solo lo compras para que esté y exista. Son muy pocas las decoraciones que realmente te encanta mirar. Así que cogí una bolsa y lo saqué de mi casa, para nunca más volver.

Y como siempre digo, desde ese día no ha habido ni un momento en el que lo echara de menos o pensara que no debería haberlo tirado. Sigo siendo exactamente igual de feliz que cuando lo tenía. Y por supuesto, mi casa sigue siendo igual de bonita.

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Los minimalistas también van de compras

Me autodefino como minimalista en proceso, pero también como una mujer que se preocupa de su imagen. He leído en los blogs de algunas chicas minimalistas que ellas viven felices con un armario que se compone de apenas 5 ó 6 prendas de ropa. Lamentablemente, esa fórmula no funciona para mí, ya que mi trabajo me obliga a tener algunas prendas más formales, mientras que en mi vida privada me confieso una amante de los vaqueros con cualquier cosa.

Os cuento esto porque el fin de semana pasado fui de compras con dos amigas. Fue mi primera salida de compras desde que he comenzado este nuevo estilo de vida minimalista, ya que hasta que no he llevado a cabo el “Opus Minimalista” de mi armario, no tenía sentido seguir adquiriendo prendas sin saber qué es lo que ya tengo en casa, lo que uso y lo que no.

Antes de salir de casa definí mis necesidades: dado que por la forma que tiene mi cuerpo, es más fácil para mí comprar pantalones o faldas (cualquiera me sirve) mientras que con las camisetas o blusas tengo bastantes más problemas; el objetivo era encontrar partes de arriba. Además, en mi “minimización” de armario, descubrí que tengo suficientes camisetas de algodón básicas, de colores lisos; que no son adecuadas para llevar a trabajar porque son más informales. Con lo cual mi necesidad era “partes de arriba que fueran formales y adecuadas para llevar a trabajar”. Por último, pensé en los colores que necesitaba para combinar con la ropa que ya tenía.

Después de cuatro horas recorriendo tiendas con mis amigas, volví a casa con cuatro prendas. Son cuatro partes de arriba adecuadas para ir a trabajar, en colores que combinan con la ropa que ya tengo. La experiencia de ir a comprar sabiendo exactamente lo que busco ha sido excelente, ya que me ahorró tiempo (descarté automáticamente las tiendas donde hay solo partes de abajo, no me acerqué ni siquiera a los lugares donde había ropa marrón o de colores que sé que no tengo forma de combinar), esfuerzo (no me probé ninguna prenda que no cumplía con la necesidad que había establecido, a pesar de que vi vestidos y zapatos muy bonitos) y sobre todo dinero: ¿a quién no le ha sucedido eso de comprarse algo y al llegar a casa darse cuenta de que “ahora necesito tal cosa para poder combinar con lo que me acabo de comprar”?

Lo más importante del proceso es que una vez en casa, antes de meter las prendas en el armario, busqué cuatro prendas para sacar y donar. Para que entren cuatro, deben salir cuatro. Si no encuentro cuatro prendas que descartar, entonces no me puedo quedar con las nuevas. Es una regla inflexible. Y es que a partir de ahora, mi armario solo irá en decremento o se mantendrá como está, de la misma forma que ya sólo voy de compras cuando hay una necesidad clara.

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El arte de observar cómo se llevan tus libros

Para deshacerme de mis libros, al principio me tomaba el tiempo para registrarlos en bookcrossing, preparar sus pegatinas y “liberarlos” en determinados lugares de Madrid. Al darme cuenta de que nadie se toma a su vez el tiempo de registrarlos en la web, intenté dar todos los libros que pudiera a mis amigos y conocidos. Con los que me han quedado, he decidido liberarlos sin identificarlos previamente. Y es que registrarlos en la web consumía un tiempo valioso que al final resultaba inútil.

Los dejo en sitios bien visibles, como paradas de autobús, bancos de un parque o encima de una papelera situada al lado de un paso de peatones. A veces me alejo un poco y observo en la distancia, hasta que veo que alguien lo coge y se lo lleva. Es divertido ver como las personas se acercan al libro, miran a su alrededor, lo cogen y se alejan comprobando que nadie les ha visto cogerlo.

En un par de ocasiones, los he dejado dentro del autobús. Cuando me levanto de mi asiento para bajarme, algunos pasajeros me dicen “perdona, perdona, que se te olvida el libro”. Y yo les digo: “no, ese libro no es mío, es tuyo si lo quieres”.

libros

 

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Ser minimalista toma su tiempo

Cuando descubrí que para volver a sentirme libre necesitaba deshacerme de objetos, tenía verdadera prisa por llegar al estado de poseer solo lo que uso frecuentemente. Quería que en un par de meses todas las cosas que no utilizo y no quiero tener desaparecieran. Pensaba que ser minimalista era cuestión de deshacerse de todas esas cosas inútiles.

tiempo minimalistaDurante estos primeros dos meses he descubierto que si quieres deshacerte de una forma responsable de las cosas, el proceso lleva más tiempo del que te imaginas al principio. He dedicado varios fines de semana a seleccionar qué cosas utilizo y cuáles no de mi armario, cómoda, cajones, mueble del salón, baño, cocina. Durante la semana intento donar, regalar, gestionar de alguna forma todos esos objetos que no son necesarios en mi vida. Todos los días una cosa sale de mi casa, gracias a los “uno al día“. Y aún así, todavía no he terminado el proceso. Ni siquiera siento que esté en la mitad del proceso. Todavía tengo demasiadas cosas que quiero que desaparezcan de mi casa.

Me he puesto como meta mi cumpleaños. El 30 de marzo. Eso seria casi un año desde que comencé el proceso de ser minimalista. Ese día haré una revisión de las cosas que poseo, las que no poseo, y cómo han cambiado mis hábitos de consumo. ¡¡Espero que estéis aquí para sacarme los colores si es necesario!!

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